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Homilía
pronunciada por Mons. Diego Monroy Ponce, Vicario General y Episcopal de Guadalupe, Rector del Santuario, en el IV Domingo Ordinario
, en la Basílica de Guadalupe.

31 de enero de 2010
Año Sacerdotal

IMITAR A JESÚS, NO SÓLO ADMIRARLO

¡Bendito y alabado sea nuestro Buen Padre Dios que nos ha llamado pertenecer al Reino por medio de su Hijo!

Cada domingo, mis amados hermanos y hermanas, el Señor nos reúne para hablarnos y mostrarnos su amor y, por nuestro propio bien, la forma de corresponderle. Esos son sus mandamientos, contenidos en la Sagrada Escritura, por medio de la cual nos muestra su voluntad a fin de que logremos descubrir nuestra vocación y seamos capaces de cumplir la misión que Él nos encomiende.

Este domingo, mis hermanos, continuamos escuchando el pasaje del Evangelio de san Lucas en el que el evangelista nos presentaba, ya el domingo pasado, a Jesús en el inicio de su misión a partir de la lectura del profeta Isaías que Él mismo hizo y explicó en la Sinagoga. Veíamos cómo Jesús hizo suya la Palabra y, dejándose iluminar por ella, se identifica con el personaje del profeta Isaías. Es determinante la afirmación que, a su vez como verdadero profeta, pronuncia de una manera tajante: HOY SE HA CUMPLIDO ESTA ESCRITURA QUE ACABAN DE OÍR. Con esta afirmación se estaba declarando así mismo Cristo Mesías y comienza, aquí, la segunda parte de esta escena en Nazaret que es la que se nos propone hoy para nuestra consideración, para nuestra contemplación.

Pero antes de retomar el pasaje evangélico, quiero, mis amados hermanos y hermanas, insistir en lo que decíamos hace ocho días: que es en la escucha atenta, devota y obediente de la Escritura en el ambiente de la liturgia dominical donde se realiza un verdadero y profundo encuentro con Dios, con los hermanos y con nosotros mismos al descubrir lo que Dios quiere de todos y cada uno de nosotros, precisamente como sucedió, ese sábado con Jesús.

Pues, bien hoy vemos que, frente a la revelación que Jesús les hace, las reacciones de sus paisanos son muy contrastantes: van desde la admiración  hasta el rechazo. Jamás imaginaron oír eso que están oyendo. Jesús asegura que tiene un programa que ha de cumplir como enviado de Dios para todos aquellos que lo quieran escuchar. Pero los judíos, mis hermanos, no están dispuestos escucharlo, porque lo consideran un hombre común, igual a ellos: ¿qué no es este el hijo de José?.

Mis hermanos, no aceptan que Isaías se refiera a Él como consagrado por el Espíritu, ni que haya sido enviado a ofrecer la libertad a los presos; a devolver la vista a los ciegos; la libertad; la plenitud de vida. Menos entienden, ni aceptan que venga a inaugurar una nueva etapa en la historia de salvación. Tal vez esperarían que realizara algún milagro como los que ya había realizado en Galilea, particularmente en Cafarnaum. La actitud de sus oyentes, que lo invitaron a leer y a explicar la Escritura, es de absoluto rechazo. No aceptan su testimonio, pero bien les gustaría que hiciera allí de algunos los signos que sabían que Jesús había hecho en Cafarnaum.

Jesús, mis hermanos, por su parte, antes de que hagan las preguntas que ya se hacen entre ellos, los interpela con dos refranes: “médico, cúrate a ti mismo” y “nadie es profeta en su tierra” y con una ilustración tomada de la historia del pueblo de Dios: los milagros de los profetas Elías y Eliseo a favor de paganos. Ellos han sido, y son hasta entonces, para el pueblo de Israel grandes y auténticos profetas que actuaron proféticamente en nombre de Dios a favor de paganos.

Con el recurso de los refranes y las alusiones al profetismo de Elías y Eliseo, Jesús les quiere hacer ver dos cosas, muy concretitas. Primero: que Él sólo está cumpliendo lo que Dios le ordena, y así será su comportamiento a lo largo de su ministerio; por tanto, no tiene por qué aceptar exigencias de parte de nadie, ni siquiera de sus paisanos. Y segundo: que aunque fue enviado por Dios a Israel, lo cual está cumpliendo, su misión tiene dimensiones universales. EL REINO QUE ÉL INAUGURA DESDE LA ENCARNACIÓN ES PARA TODA LA HUMANIDAD, Y NADA NI NADIE LO PUEDE DETENER. Ni siquiera el rechazo y la persecución de sus propios paisanos que hasta ese momento, han querido matarlo apenas en su primera aparición. Pero este rechazo, aparentemente pasajero, será la constante de su vida hasta que se consuma el rechazo definitivo en el madero de la cruz, en el Calvario en la crucifixión. Si volvemos la atención hacia la primera lectura, veremos que, como Jeremías, Jesús aparece en este relato como un profeta, como un hombre tan cercano a los hombres como a Dios y, por lo mismo, tan semejante y al mismo tiempo tan diferente de ellos.

Mis amados hermanos y hermanas, a Jesús se le ha admirado siempre por lo que dice. Casi nadie pone en tela de juicio la profundidad de sus enseñazas. Pero saben que, mis hermanos, Jesús no quiere fans, ojala que ninguno se diga que es fan de Jesús. JESÚS NO QUIERE FANS, NO QUIERE SER SÓLO ADMIRADO, SINO ACEPTADO, ACOGIDO, SEGUIDO como persona con todo lo que es, con todo lo que hace y enseña, como CAMINO ÚNICO de salvación; como la ÚNICA VERDAD de Dios y del hombre; como el único que nos puede dar LA VERDADERA VIDA EN LA LIBERTAD y, particularmente, en el amor de Dios. Jesús es, pues, profeta de la vida, del amor, de la verdad, de la paz, de la libertad. Pero aceptarlo así, mis queridos hermanos y hermanas, cuando no estamos suficientemente cimentados en la fe, no es nada fácil; más bien nos causa temor y rechazo porque es una amenaza para nuestra forma de vivir y para la religión que nos inventamos a nuestro antojo, que nos inventamos a nuestra medida.

Estas escenas evangélicas, mis amados hermanos y hermanas, nos dejan la sensación de que Jesús es libre, pero tendrá que vivir en soledad. Y  así es, mis hermanos, a los largo de su vida, miren a lo largo de su vida pública Jesús sufrió la incomprensión la duda, la oposición sorda, la calumnia, los desencantos, las infidelidades, los insultos, las blasfemias, las malas interpretaciones. Una de las cosas que más le dolió a Jesús fue la falta de fe de sus paisanos y de su propia familia que lo tachaba de loco.

Mis amados hermanos y hermanas, sin embargo, esta es la suerte de los verdaderos profetas, seamos laicos o ministros consagrados. Todos, por el bautismo, estamos llamados, como Jesús, a ser iguales a todos, pero al mismo tiempo que distintos. Todo bautizado en Cristo participa de su dimensión profética, anunciamos su Evangelio y el Reino de Dios, denunciaremos todo lo que se opone al evangelio y al Reino de Dios, lo haremos con la Palabra, con el ejemplo y con la vida. Es una misión muy difícil, porque hay poderes, verdad, hay poderosas fuerzas que se oponen al Evangelio y al Reino de Dios. Pero no debemos de tener miedo, porque nosotros, confiamos, mis hermanos, contamos no tanto con nuestras capacidades, no tanto con nuestras propias fuerzas, sino con el poder de Dios.

Así de que, mis hermanos y hermanas, preguntémonos ¿QUÉ TAN DISPUESTOS ESTAMOS A VIVIR ESTA AVENTURA POR LA QUE NOS QUIERE LLEVAR MISMO PADRE CELESTIAL, COMO A JESÚS? Ya vivir la caridad con la intensidad que nos sugiere san Pablo en la segunda lectura no es nada fácil; pero, puesto que somos discípulos y misioneros de Jesús, hemos de ser diferentes para poder ser testigos del amor de Dios en el servicio, en la entrega, en la donación. Hemos sido llamados a estar en el mundo sin ser del mundo (Jn 17,14-18). Y eso es lo que hizo intensa y profunda la vida de Jesús.

Mis amados hermanos y hermana, ¿qué tan intenso es nuestro deseo y nuestra forma de vida que estemos siempre  dispuestos a vivir contra corriente y a aprender a vivir de los gozos y las alegrías que nos da la fidelidad al llamado y al envío de Dios?

Esto es posible, mis amados hermanos y hermanas, si cada domingo vamos creciendo, por la participación en la Eucaristía, en el conocimiento de Jesús quien es el que nos va revelando, además de su misterio, su proyecto de amor para cada uno y para la comunidad que se reúne en asamblea santa alrededor precisamente de Cristo, Palabra del Padre y que el Espíritu nos lleva a acoger en la vida.

Es en la Eucaristía, mis amados hermanos, es la Santa Misa Dominical, donde Jesús nos libra de nuestros pecados y de nuestros temores y cobardías para seguirlo y llegar a ser discípulos. Todas las misas son de liberación, todas, todas son de sanación. Es en la Eucaristía, mis hermanos, donde aprendemos los criterios de Dios y nos vamos olvidando de los nuestros ¿para qué? para vivir en sintonía con Él, como Cristo como Mesías y ser nosotros otros cristos en el mundo, en el hoy, en el aquí y en el ahora. Es en la Eucaristía donde aprendemos los criterios de Dios y nos vamos olvidando de nuestros propios criterios para vivir en sintonía con Él, como nuestra Muchachita, nuestra Celestial Señora, nuestra Madre, la Virgen María de Guadalupe, Ella nos sirve de modelo en este esfuerzo y en este empeño.

Amén.
 
 
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