Mis queridos hermanos y hermanas, ¡Bendigamos
a Dios, nuestro Padre, que nos ha llamado a la salvación y nos concede
continuamente los medios necesarios para alcanzar lo que nos promete!
Es en la dinámica de su misericordia
como entendemos este tiempo de gracia que hemos iniciado el Miércoles
de Ceniza. Deseando, pues, que la Cuaresma sea, como señala el Papa
Benedicto XVI en su mensaje, “un tiempo de auténtica conversión
y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para
cumplir toda justicia”. Este domingo, mis hermanos, les quiero
proponer para nuestra meditación el tema de la Palabra de Dios como
fuente de este conocimiento de Dios y de nosotros mismos frente
a las ofertas que hoy se nos proponen para alcanzar la felicidad,
pero al margen del proyecto amoroso de Dios.
En efecto, mis amados hermanos y hermanas,
la Palabra de Dios que, cada domingo escuchamos con fe y devoción,
se nos da como la fuente de sabiduría que nos permite conocer el
proyecto divino y a Dios mismo en quien creemos, a quien amamos
y a quien queremos servir. Por eso, mis queridos hermanos, los invito
a detenernos en cada uno de los textos bíblicos a fin de encontrar
qué nos dice la Palabra que nos transmiten los textos litúrgicos.
Domingo tras domingo el Señor nos cuestiona, nos interpela, nos
acude, nos alimenta, nos alimenta con su Palabra.
En la primera lectura tomada de del libro
del Deuteronomio tenemos una profesión de fe que los judíos hacían
cada año al presentar las primicias del campo en el templo. Se trata
de un acto litúrgico que, a diferencia de los pueblos paganos que
los rodeaban y aludían a un mito de fertilidad, traía a la memoria
hechos históricos de su experiencia de salvación. En efecto la oración
de todo israelita era un recuento de las acciones que Dios realizó
desde la liberación de la esclavitud en Egipto hasta la entrada
a la tierra prometida para poseerla. El acto litúrgico, en el que
participaba el sacerdote recibiendo las ofrendas del que entraba
al templo, era una actualización y acción de gracias por la posesión
de la tierra que, a su vez, le ha dado sus productos. Es decir,
el creyente israelita entra al templo llevando en las manos lo que
de Dios ha recibido, dando gracias en adoración y en obediencia.
San Pablo nos ilustra, en su carta a
los Romanos que hoy hemos escuchado, acerca del don de Dios, es
decir, de la gracia, que nos salva, la cual no depende del esfuerzo
humano, sino de la sola misericordia divina acogida sincera y humildemente
en la fe. Con argumentos tomados de la Sagrada Escritura, el Apóstol
nos muestra cómo el don de Dios se acepta en la libertad, como respuesta
humana. Ahí está la fuente de la salvación en cuya dinámica entra
la respuesta humana en la fe, permitiendo con la obediencia y el
amor que la acción de Cristo crucificado y resucitado sea eficaz
en cada uno de nosotros los creyentes. Este misterio los cristianos
lo celebramos no con ofrendas materiales, sino ofreciendo al mismo
autor de nuestra salvación, Jesucristo, a quien nos unimos como
ofrenda al Padre en cada Eucaristía y en la permanente práctica
de las obras de misericordia, de las obras de caridad.
Igualmente en el Evangelio, san Lucas,
mis amados hermanos, nos refiere en la narración de las tentaciones
de Jesús, cómo Él las supera con base a la Sagrada Escritura, que
contienen la Palabra de Dios. San Lucas nos señala en el párrafo
anterior que Jesús es miembro de la humanidad asumida por Él mediante
la Encarnación, pero no es un hombre más, sino el origen de una
humanidad nueva. Como todo hombre, sin embargo, es sometido a la
tentación. Los cuarenta días que pasa en el desierto, y por cierto
es empujado por el Espíritu Santo al desierto el mismo que recibió
en el bautismo, ahora lo empuja al desierto. Y miren, mis amados
hermanos, los cuarenta días que pasa en el desierto son una cifra
simbólica que trae a la memoria tanto los cuarenta años del pueblo,
verdad, en su éxodo por el desierto, como otros acontecimientos
de la historia de Israel. Abraham encuentra a Yavhé en el desierto,
Moisés es forjado en el desierto. Miren, son muchos los acontecimientos
en la historia de Israel en el desierto.
Al ser tentado, Jesús reacciona de una
manera nueva y tajante argumentando también con la Escritura: ante
la propuesta del diablo de echar mano de sus poderes divinos para
salir de la condición de hambre y pobreza que resiente en su cuerpo,
cita las Escrituras en donde se afirma que el ser humano no vive
sólo del pan que nutre el cuerpo, sino precisamente de la vida verdadera
y trascendente en proporción a la Palabra de Dios (Dt 8,3). A la
segunda tentación, que consiste en buscar el poder como un bien
en sí mismo, de manera que Jesús se realice más bien como mesías
político y dominador, Él responde también acudiendo a la tradición
escriturística (Dt 6,13): Al Señor tu Dios rendirás homenaje y al
él solo prestarás servicio. Finalmente, el diablo se atreve también
a argumentar con la Escritura con el Salmo 91, fíjense el diablo
mismo se atreve a argumentar con la Escritura, con el Salmo, para
poner a prueba la fidelidad de Dios, a lo que Jesús responde frontalmente:
No tentarás al Señor tu Dios (Dt 6,16).
Mis amados hermanos y hermanas, es muy
importante que para nuestro crecimiento en la fe que profesamos,
valoremos la actitud que Jesús muestra en este pasaje ante la Palabra
contenida en la Escritura Santa: en ella encuentra los argumentos
para salir adelante ante las propuestas del diablo de apartarse
del proyecto amoroso de Dios para llevar a cabo la salvación. Jesús,
como hombre nuevo, está totalmente dispuesto a la obediencia a partir
de sus conocimientos de la Escritura por la que podemos conocer
la voluntad divina.
Mis queridos hermanos y hermanas, el
conocimiento, el estudio, el escrudiñar las Sagradas Escrituras,
el meditarla y rumiarla, el disfrutarla, el gozarla, miren, son
regalos de Dios en función de su Palabra, que es su contenido. Y
nos ponen en relación íntima con el Dios verdadero, pues, por medio
de ella nos sale al encuentro. Ojala que todos tengan en sus casas
la Sagrada Escritura, la Sagrada Biblia, la Palabra de Dios, pero
no de adorno, verdad. Un día llegó a visitar una familia y me dicen:
monseñor venga, ¡qué bonita Biblia tenemos aquí! Una tremenda Biblia
que necesitaban un cargador, verdad. Pero ahí en un nicho, bajo
llave, con candados, es que es preciosa, es dorada, tiene estampas
bellísimas. No es para adornar la casa, por favor, no, la Sagrada
Escritura, la Biblia, mis hermanos, es para estudiarla, meditarla,
profundizarla.
Miren, ahí sale al encuentro Dios con
nosotros para revelarse y darnos a conocer el misterio amoroso de
salvación para cada y para toda la humanidad. Además ella debe ser
la fuente de nuestra oración y de nuestra súplica en este tiempo
privilegiado de penitencia. Ahí encontramos los Salmos, los mismos
que pronunciaba, con los que oraba Jesús en el Templo, en la Sinagoga.
Mis hermanos, ojalá que oremos, que la
Sagrada Escritura sea también fuente de nuestra oración, fuente
de nuestra suplica en todo tiempo, particularmente en este tiempo
de privilegiado de penitencia. Ojala que la Sagrada Escritura se
convierta en el camino de nuestra conversión; de nuestro regreso
al verdadero Dios que con frecuencia hemos abandonado o estamos
tentados a abandonar para ir a servicio de otros dioses como son:
el placer, el poder, el tener, el parecer, el dinero, el materialismo
que se nos presentan constantemente suplantado al verdadero Dios,
el que se nos ha manifestado en su Hijo Jesucristo.
Y que encontramos en la Sagrada Escritura,
sólo Él es nuestro modelo y camino de salvación, no hay otro, mis
hermanos. Pero no lo podemos seguir sino lo conocemos, como sólo
Él puede ser conocido y amado; y esto, mis hermanos, sólo es posible
si al menos acudimos los domingos con el corazón bien abierto, para
escucharlo en la Sagrada Escritura proclamada en la Sagrada Eucaristía.
Aunque sería mucho mejor si optáramos, a partir de ahora, por el
estudio, la reflexión en los pequeños grupos que se forman en nuestras
parroquias, en nuestras comunidades.
Pedimos el auxilio de Nuestra Muchachita
y Celestial Señora, nuestra Madre y Maestra en la escucha humilde
y obediente de la Palabra que nos salva. Ella nos enseña a vivir
este tiempo de Cuaresma, porque vivió de muy cerca el misterio de
su Hijo, porque supo acoger la Palabra de Dios, rumiarla y guardarla
en su corazón. Ella, mis amados hermanos, nos muestra cómo una creatura
puede participar tan hondamente en el misterio de Cristo y nos señala
que para vivir con Cristo, hay que morir con Él.
Amén.