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Homilía
pronunciada por Mons. Emilio Carlos Berlie Belaunzarán, Arzobispo de la Arquidiócesis de Yucatán, en ocasión de su peregrinación, a la Basílica de Guadalupe.

12 de Julio de 2012

Muy queridos hermanos en el presbiterio, queridas hermanas religiosas, señoritas de institutos seculares, hermanas y hermanos en Cristo Jesús. Ahorita que veníamos, veníamos pensando en Don Alfonso Zapata, me recordaba precisamente el padre Basto que así como Mons. Manuel han sido fieles, constantes, insistentes y persistentes en la venida aquí a la peregrinación para honrar a la Santísima Virgen María de Guadalupe. Así como monseñor también fue muy fiel a esta peregrinación anual y, pues, oramos de una manera muy especial por él y por todos aquellos señores obispos y sacerdotes, que han terminado ya su  curso de su vida terrena y están ya, esperamos en Dios, gozando de la resurrección de Jesucristo nuestro Señor.

Quisiera decirles también que hay un curso ahorita muy importante en San Juan de los Lagos, que está impartiendo el Señor Cardenal de Roma que es el que está dedicado a la interpretación de los textos legislativos y que ha hecho una labor muy grande este Señor Cardenal que se llama Francesco Coccopalmerio, para preparar la reinserción de los anglicanos de la Iglesia Católica. Entonces él ha estado con muchísimos cuidado llevando adelante este regreso de muchos anglicanos, se habla de unos treinta tres obispos, sacerdotes y de unos cuatrocientos mil que se han querido regresar, reintegrar a la Iglesia Católica. Entonces se ha hecho un estatuto particular, que le llamamos Prelatura Anglicana y que es precisamente para dar la bienvenida y acoger canónicamente las diversas situaciones de sacerdotes, obispos y fieles que se integran definitivamente a la Iglesia Católica. Haya hay varios sacerdotes de Yucatán naturalmente en ese curso y lo tendremos muy en cuenta, porque están todos los que presiden los tribunales eclesiásticos de México, pues, es un curso particularmente importante, hay muchísimos otros en Mérida. Ahorita las religiosas Carmelitas, Adoratrices y Aliadas están haciendo ejercicios con el padre Cipriano ahí en el Convento de las Madres Carmelitas. Y tantas y hermosas iniciativas, que se están llevando acabo todas ellas se las ofrecemos a las Santísima Virgen María.

Cumpliendo con el compromiso anual de peregrinar hasta los pies de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, una vez más manifestamos nuestra lealtad y nuestro cariño, al mismo tiempo que le rendimos el debido homenaje y le pedimos que nos cuide siempre como verdadera y amorosa Madre.

Le pedimos también que haya paz en todo México, que serene nuestros ánimos, que encause nuestros corazones, que cure nuestras ansiedades y dudas, y que lleve a buen término esfuerzos y voluntades.

Con toda piedad ante la insigne y milagrosa imagen, que preside nuestra celebración, alzamos nuestras súplicas, elevemos nuestras plegarias a nuestra Madre Santísima, para pedirle que continúe bendiciendo a Yucatán, a todos sus pobladores, a todos nuestros esfuerzos y trabajos pastorales, a todas nuestras instituciones. Cáritas hizo una lista de las instituciones de caridad que existen dentro de la arquidiócesis y son más de doscientas ¡Bendito sea Dios, las instituciones de caridad, que ofrece para servicio la Iglesia Católica en Yucatán!

El misterio de la cruz

Santa María de Guadalupe, “tú que te apareciste aquí en el cerro del Tepeyac, "tú eres la verdadera fuente de nuestra esperanza”[1], El Tepeyac es como una grande luz en la oscuridad de nuestro tiempo para no ir a tientas en el camino del encuentro con el Señor.

Hoy venimos indudablemente llenos de entusiasmo, pero también exponemos nuestros problemas, nuestras penas, nuestras contradicciones ante la Virgen, porque sentimos el peso de la propia cruz. Sin embargo, con san Andrés de Creta exclamamos: “¡Qué dicha tener la Cruz! Quien posee la Cruz posee un tesoro”[2]. Esta expresión nos recuerda el significado de este grande misterio: tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único para salvar a los hombres[3]. El Hijo de Dios se hizo vulnerable, tomando la condición de siervo, obediente hasta la muerte y muerte de cruz".[4]

“Para ser curados del pecado, decía muy bonito san Agustín,[5] miremos a Cristo crucificado. Para ser curados del pecado miremos a Cristo Crucificado".

Ése es el gran misterio que María nos confía esta mañana invitándonos a volvernos hacia su Hijo. En efecto, la señal de la cruz es de alguna forma el compendio de nuestra fe, porque nos dice cuánto nos ha amado Dios; nos dice que, en el mundo, hay un amor más fuerte que la muerte, más fuerte que nuestras debilidades y pecados. El poder del amor es más fuerte que el mal que nos amenaza. Este misterio de la universalidad del amor de Dios por los hombres, es el que María reveló aquí, en el Tepeyac. Ella invita a todas las personas de buena voluntad, a todos los que sufren en su corazón o en su cuerpo, a levantar los ojos hacia la Cruz de Jesús para encontrar en ella la fuente de la vida, la fuente de la salvación.

María sale a nuestro encuentro como la Madre, siempre disponible a las necesidades de sus hijos. Mediante la luz que brota de su rostro, que se trasparenta en su misericordia.

Dejemos que su mirada nos acaricie y nos diga que nos ama y que nunca nos abandonará. María nos recuerda aquí que la oración, intensa, humilde, confiada y perseverante debe tener un puesto central en la vida cristiana. La oración es indispensable para acoger la fuerza de Cristo. “Quien reza no desperdicia su tiempo, aunque todo haga pensar en una situación de emergencia y parezca impulsar tan sólo a la acción”.[6]

Como afirmó el Papa Benedicto XVI, a mí también me gusta invocar a María como “Estrella de la esperanza”[7]. En el camino de nuestras vidas, a menudo oscuro, Ella es una luz de esperanza, que nos ilumina y nos orienta en nuestro caminar. Por su sí, por el don generoso de sí misma, Ella abrió a Dios las puertas de nuestro mundo y nuestra historia. Nos acompaña con su presencia maternal en medio de las vicisitudes personales, familiares y nacionales. Dichosos los hombres y mujeres que ponen su confianza en Aquel que, en el momento de ofrecer su vida por nuestra salvación, nos dio a su Madre para que fuera nuestra Madre.

Esto lo debemos de conservar siempre en lo mas profundo de nuestro corazón en Juan todo recibimos a la Virgen como Madre y en Juan la Santísima Virgen María nos recibe como hijos[8].

Conclusión

Queridos hermanos: encomendemos a nuestra Señora de Guadalupe la vida y el ministerio sacerdotal de todo el clero de la arquidiócesis. También los que están estudiando en Roma, también nuestros seminaristas que se están preparando, también aquellos que posiblemente van a entrar al seminario. Me decía, el otro día, el Padre Pedro Mera que son unos veinte siete los que van a entrar al Seminario Mayor. ¡Bendito sea Dios! Así es que eso hay que seguir animando toda la pastoral vocacional y animar a los jóvenes que no tengan miedo, obviamente también nosotros como sacerdotes cuando íbamos a entrar al seminario, pues, teníamos nuestras dudas, nuestras incertidumbres, nuestras perplejidades, nuestros miedos, pero Dios nos dijo adelante y aquí estamos. Entonces, es natural que esos jóvenes, pues, ahorita sientan incertidumbres, dudas pero también en este momento solemne en esta Eucaristía los encomendamos a los que están aspirando entrar al seminario y a los que ya están en el seminario, lo mismo que en las casas de formación religiosas de los diversos institutos de varones, como de mujeres.

Queridos hermanos, encomendemos a la Virgen nuestra arquidiócesis. Le encomendamos, también, nuestro Plan de Pastoral han hecho un gran trabajo todos los que están conduciéndolo a la cabeza del Padre y han hecho un grande trabajo, para ir paulatinamente que todos nos reunamos con todos, dependamos de todos, nos alentemos a todos y vayan surgiendo las pequeñas comunidades, los centros pastorales. Pues, todo ese trabajo verdaderamente eclesial, de conjunto, nadie está lejano, nadie debe estar ajeno, nadie ni lejano, ni ajeno a la dinámica de toda la vida pastoral de la Arquidiócesis de Yucatán.

Queridos hermanos, encomiendo a la nuestra Señora de Guadalupe la vida y el ministerio sacerdotal; delante de esta bendita imagen encomiendo todos los problemas y afanes de ustedes. Le pido por los que no tengan trabajo, por los enfermos, por todos aquellos que los sea los más frágiles socialmente.

¡Oh María, llena de gracia, preservada de todo pecado desde el primer instante de tu concepción, abogada de gracia y ejemplo de santidad, intercede por nosotros, para que seamos santos e irreprochables delante de Dios, por el amor, acogiendo y celebrando el don de la vida humana, desde su concepción hasta su término natural!

María Santísima de Guadalupe, que descendiste al Tepeyac para entregarnos a tu Hijo, te has dado como Madre y nos acoges en tu regazo, recíbenos y derrama sobre nosotros, ayúdanos con tu amor, compasión, auxilio y defensa. Ayúdanos a escuchar a tu Hijo Jesucristo, a seguirlo como discípulos perseverantes y anunciarlo como ardorosos misioneros. Con tu intercesión, queremos profundizar nuestra fe y buscar el progreso de nuestra patria por caminos de justicia y de paz.

María, Madre Buena, queremos caminar contigo, crecer en la esperanza que nos lleva a vivir cada día en ti, presencia para celebrar gozosos el fruto bendito de tu vientre.

Amén.



Notas
[1] DANTE, Par., XXXIII, 12
[2] S. ANDRES DE CRETA, Sermón 10, sobre la Exaltación de la Santa Cruz: PG 97,1020.
[3] Cf. Jn 3,16.
[4] Cf. Fil 2,8.
[5] Tratado sobre el Evangelio de san Juan, XII, 11.
[6] BENEDICTO XVI, Deus caritas est, n. 36.
[7] JUAN PABLO II,Spe salvi, n. 50.
[8] BENEDICTO XVI, Prairie, Lourdes, 14 de septiembre de 2008.
 
 
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